INFANCIAS DE CRISTAL
Acabo de cumplir 39 años y, aunque a algunos les parecen pocos, a mi me parecen una eternidad. Una eternidad que ha pasado demasiado rápido. Más de lo que yo quisiera, pero una eternidad al fin y al cabo. Y me parecen una eternidad porque la actuallidad de estos días me ha hecho pensar en la cantidad de "desapariciones" que me han tocado vivir.
Cualquiera lo diría pero...... he vivido la muerte de El Rey, y cuando digo El Rey me refiero al de verdad, a Elvis. Aún lo recuerdo como si fuese ayer, y yo solo contaba 7 años de edad. He visto desaparecer a Lennon a manos de un perturbado obsesionado por "El guardián entre el centeno", ironías de la vida, uno de mis libros favoritos y con el que me identifico de una manera extraña.
He vivido la muerte de La Voz, Sinatra. La de Freddie Mercury a cuyo último concierto en Madrid no quise ir y de lo que me arrepentiré toda mi vida. Viví el suicidio de Kurt Cobain y aún echo de menos sus letras y sus canciones porque, de todos ellos, son las que más cercanas siento, quizás porque cada vez soy más oscura, más depresiva, más autista y más autodestructiva.
He sido testigo de la muerte de Roy Orbison y de George Harrison, Beatle que siempre me ha encantado. Había algo en él brillante.
Y ahora me ha tocado ser testigo de la muerte de otro rey, del rey del pop. Yo adoraba a Michael Jackson, pero eso era natural. Yo tenía 12 o 13 años cuando me quedé impactada aquellas navidades en las que todas las televisiones de España y, supongo, que de otros paises, "plantaban" aquel maravilloso y terrorífico "Thriller" en plena noche navideña.
Recuerdo aquella noche navideña perfectamente. Todos mis primos pequeños, mis hermanos, mis tios, mi madre y yo frente a aquel televisor totalmente anonadados y asustados ante un video clip bestial. Creo recordar que fué la última que pasamos juntos. Yo apenas había dejado de ser una niña. Pasé de pedir muñecas por reyes a pedir un sinfín de discos (ahora vinilos) a mi pobre madre, que lista en mano, se pasaba dos o tres tardes seguidas torturando a algún pobre dependiente del Corte Inglés para que no faltase ni uno solo de los discos que yo pedía.
Aquel año, entre mis peticiones, estaba el de Michael Jackson. A partir de aquel video desarrollé un gusto malsano por ver videoclips y grabarlos. Me pasaba el día almacenandolos en cintas de video. Lo cierto es que la pasión por Michael Jackson me duró lo que le duró a él el moreno de la piel. Mi admiración y gusto por su música fue decayendo de manera inversamente proporcional a su afición por las operaciones, las extravagancias y todas esas manías que tenía.
La verdad es que sus últimos discos me parecían repeticiones de los anteriores. Bad fué regalo de otros reyes y ahí quedó la discografía de Jackson en mi casa. Hace un par de años volví a comprarme Thriller, esta vez en cd. No pude resistirme porque, lo cierto, es que ese disco siempre me ha parecido genial.
Y hace unos días me entero de que ha muerto. Me enteré un día después. El día anterior ni siquiera había encendido la televisión. No dejaban de repetir que era un genio y yo seguí pensando lo mismo. Un genio cuyos últimos discos me parecían repeticiones de los anteriores.
Y no lo pongo en duda. Fué un genio musical pero, sobre todo, un pobre hombre. Un infeliz. Tenía un aspecto inacabado, a medio hacer. Frágil. Asustadizo y quebradizo. He oído a gente decir que lo había tenido todo, que había muerto joven pero que había disfrutado de la vida y me quedé perpleja.
Si algo no había hecho este pobre era disfrutar de la vida. Siempre encerrado en si mismo, siempre encerrado en una gran mansión, siempre rodeado de un millar de gente completamente solo. Siempre asustado. Alguien que cambió por completo su apariencia buscando vete a saber qué. Seguridad, aceptación, tal vez huir de si mismo. No ver reflejado en el espejo el que realmente era.
Tal vez pensó que cambiando su aspecto por fuera consiguiera por fin alejarse del individuo que se escondía en su interior. Lo cierto es que no pareció haber sido feliz nunca. Si acaso sobre un escenario, y ha muerto reventandose literalmente por conseguir subirse a uno de esos escenarios. Dicen que para tapar los agujeros inmensos que su maltrecha economía tenía. Yo creo que, en el fondo, quería subirse a un escenario para poder volver a sentir esa especie de pseudofelicididad que el público, los focos y el escenario le proporcionaban. Allí arriba no era una sombra, allí arriba era el personaje con el que soñaba ser. Intocable e invencible.
A mi me hubiese gustado que hubiese sido menos genio y hubiese sido un poco más feliz. Ahora, ironías de la vida, su muerte ha llenado los bolsillos de todos esos que le rodeaban, esos que dicen que le querían y que eran su familia, familia que no pareció hallar el modo de ayudarle a salir de esa profunda gruta en la que estaba metido desde el comienzo.
Durante todos estos días nos han ido aderezando los telediarios y los magazines con más detalles de su vida y me he dado cuenta de que se me ha borrado el personaje. Se ha difuminado el mito hasta hacerse humo y, en su lugar, ahora hay un niño.
Si intento recordarlo es lo único que puedo ver. A un pobre niño que no lo fué nunca porque alguien se encargó de explotarlo sin misericorida ninguna. Un niño que se quedó a medias, cuyo cuerpo nunca se desarrolló lo suficiente, cuya personalidad no se desarrolló lo suficiente, cuya vida nunca creció lo suficiente, como si todo esto no fuese más que una metáfora, la parte visible de una infancia cruel que, precisamente, no fue infancia.
Supongo que Michael Jackson a sus 50 años era la consecuencia de una infancia llena de horror. Más o menos como la infancia de la mayoría de la gente.
Dicen que, de adultos, somos el resultado de las frustraciones, los traumas y las carencias de nuestra infancia. Una infancia que todos queremos ver como idílica y que nos empeñemas en disfrazar para no recordar el agujero negro que esconde. Si eso es así, el agujero negro de la infancia de Jackson debió de ser aterrador. Tan aterrador que nunca pudo escapar de él hasta que le engulló por completo.
No siento tanto la pérdida del genio como la pérdida de ese niño. Por eso ahora no me gusta ver sus fotos con la cara desfigurada, con la cara blanqueada. Me gusta verle en fotos de su infancia, pero duelen. Cada vez que veo a ese niño sonriente, bailando y cantanto, el corazón se me apretuja. No puedo imaginar cuanto sufrimiento cabría en un cuerpo tan pequeño. Cuanto dolor pasó totalmente inadvertido para todos aquellos que adoraban al ídolo y cuantos miraron para otro lado mientras el "rey Midas" les llenaba los bolsillos.


pd: Sigo teniendo mis vinilos de Thriller y Bad, los de la primera edición y no voy a venderlos, como ya me han propuesto, por mucha pasta que den por ellos con el tiempo. Los regalos que te hace una madre no tienen precio, más si se pasa tropecientas horas haciendo cola en el Corte Inglés.








Mariana la Aldeana dijo
Para mí, que Michael Jackson fue capaz de hacer feliz a la gente que disfrutó de su música y sin embargo no supo hacerse feliz a si mismo por muy mucho dinero y posibilidades que tuviera.
Descanse en paz, aquí deja a muchos que no lo olvidaremos.
Besos.
2 Julio 2009 | 12:11 AM