ROJOS
A menudo escuchamos a gente diciento que los rojos no quieren a la patria, que reniegan de su pais, de España. Utilizan la palabra España como si perteneciese solo a su imaginario colectivo, al de la derechona más rancia. Uno acaba con la sensación de que, si no se te llena la boca con el nombrecito de marras, si no te dedidas a ondear la bandera rojigualda, si no te levantas cuando suena el himno, si no derramas lagrimones como puños, es que no eres patriota ni quieres a este país.
Yo creo que no hace falta ir pregonando lo mucho que uno quiere a su tierra, no hace falta darse golpes de pecho ni entonar el himno con el puño arriba, ni ir con las banderitas rojigualdas a todas partes y ondearlas ostentosamente sobre la cara de cualquiera para dejar constancia de lo patriotas y lo mucho que quieren al pais.
Ando sumergida en la lectura de un libro largo, muy largo, pero me está gustando. A veces se pierde demasiado en las descripciones y se hace algo lento, pero otras se agradecen ciertos destellos, cierta delicadeza y sensibilidad al retratar algunos sentimientos. En algunos retazos de la historia uno puede casi palpar los sentimientos y la tristeza de los protagonistas.
Es uno de esos pequeños momentos el que he seleccionado, porque con unos ínfimos detalles, con unos pocos actos cotidianos y sin importancia, uno puede llegar a entender hasta donde llega el amor por unas calles, por una gente, por un aire, por una luz, por una ciudad, por una tierra, y por unas raices. Y sin hacer demasiada ostentación de ello, en silencio.
...Su sonrisa era parecida a la que iluminaba la cara de la abuela Anita cuando abría el paquete que le traían de España todos los septiembres, y media docena de latas de anchoas y una ristra de ñoras se convertían en algo mucho más grande que media docena de latas de anchoas y una ristra de ñoras, como si un pais entero, el aire, la tierra, los montes, los árboles, las sierras, los llanos, las ciudades, los pueblos, las palabras y las personas, se hubieran acomodado en los resquicios de una caja de cartón, reservando su esencia más pura y mejor para la piel morada de las berenjenas que la abuela acariciaba, año tras año, igual que a sus nietos, con una especie de conmovida reverencia en las puntas de los dedos y un júbilo manchado de nostalgia temblando en sus palabras, que alegria hijo mio, y hay que ver que hermosas son, pero que alegría...
-El cielo, sobre todo el cielo -le respondió aquella misma tarde, cuando se le ocurrió preguntarselo por fin y le escuchó enhebrar un argumento tras otro sin vacilar, como si hubiera dedicado cada día de los últimos treinta y siete años de su vida a memorizar en secreto aquella lección-. La luz de las mañanas de invierno, ese aire fino, tan seco, que te corta la cara y te despierta por dentro. El agua del grifo, que sabe mejor aqui que el agua mineral en cualquier otra parte. La primavera de frebrero, aunque siempre sea tan corta, y tan tramposa, aunque no dure nada, diez dias, como mucho quince, pero esa alegría de salir a la calle a tomar el sol, sin paraguas, sin abrigo, y las aceras de repente llenas de terrazas, como si el destino hubiera decidido perdonarnos el frío sin motivo...-la miró, sonrió, movió la cabeza como si ni siquiera él estuviera muy seguro de entender lo que iba a decir- Me he acordado mucho de los febreros de Madrid, ¿sabes?, aunque parezca mentira, Me he acordado todos los días de todos los meses de febrero que he vivido en Francia. Y luego los bares, las calle, salir de casa muy temprano por la mañana, cuando todos están durmiendo, comprar el periódico y desayunar en un bar, en una mesa al lado de una ventana, café con leche y una ración de porras, o dos, una detrás de otra, y leer las noticias mientras los parroquianos las comentan en voz alta...A mi nunca me ha gustado desayunar en casa. Claro que hay una cosa que todavía me gusta menos, y son los bares donde te meten prisa para que te vayas. Eso lo odio más que ninguna otra cosa en este mundo, y por eso echo tanto de menos los bares de aquí, en los que se puede empalmar tranquilamente el desayuno con el aperitivo...-y al fin hizo una pausa, como si por primera vez tuviera que pararse a pensar antes de seguir- Es duro acostumbrarse a vivir sin aperitivo, ¿sabes? Una costumbre tan tonta, fijate, una comida de más, tan pequeña, tan innecesaria, tan insana, decía mi madre, porque en lugar de abrir el apetito, te lo quita, y eso es verdad, un par de vermús con unas anchoítas, unas patatas fritas, un par de mejillones, y luego otro y otro, y al llegar a casa ya has comido, pero estás tan borracho, tan bien, tan a gusto, que te vas derecho a la cama, una horita de siesta y como nuevo, y a las nueve de la noche, a empezar otra vez. Eso es ser rico, ¡sabes? eso es vivir bien, vivir en los bares. Joder...Y mira que yo disfruté poco de esa vida, nada, tres años escasos, porque luego empezó la guerra, y empezó mal, los fascistas avanzaron muy deprisa, tomaron Toledo, siguieron avanzando, y una noche que estabamos todos cenando en casa, nos enteramos de que el gobierno estaba pensando en irse, en marcharse a Valencia, que estaba a punto de dejarnos solos, abandonados, porque daba la ciudad por perdida....
...Cerró los ojos antes de beber, y cuando los abrió eran más grandes, más claros y más limpios, tan raros que Raquel se asustó. Nunca había visto llorar a su abuelo. Tampoco lo vería aquella mañana , pero en la emoción que abrillantaba sus ojos secos, comprendió que lo que estaba pasando era muy importante aunque ella no lo entendiera, aunque todo le pareciera vulgar, aunque lo fuera... Parecía igual que todas las demás, y sin embargo el abuelo cogió una de las dos patatas fritas con un boquerón en vinagre encima que le habían puesto al lado de la copa, se la comió, y sonrió. Esa fue la primera vez que Raquel Fernández Perea vio sonreir a su abuelo, la primera vez que que contempló su sonrisa auténtica, don labios curvándose de pura alegria en un rostro sin sombras, sin reservas, sin miedo y sin dolor... "EL CORAZÓN HELADO -Almudena Grandes.
Y leyendo esto no puedo evitar imaginar que sentirían todos aquellos que, tras la guerra civil, tuvieron que marcharse a otros países y pasar todos esos años, si no toda la vida, añorando una calle de Madrid, un sol de primavera, un vermú de grifo y una tapa de boquerones en vinagre. Y son cosas que parecen absurdas y hasta nimias, pero que le deben de doler a uno muchísimo cuando se haya en la distancia, en un país ajeno y distinto. Y parecen cosas pequeñas pero es que nosostros, creo yo, somos de los que no podemos vivir sin las cosas pequeñas, porque son esas cosas las que marcan una diferencia abismal entre un día gris y anodino, entre sobrevivir y vivir de verdad.
Y además, que yo se muy bien que no podría vivir sin mi vermú de grifo, sin mi Rastro madrileño, sin mis tapitas y sin disfrutar de esos domingos de tapeo sin prisa pero sin pausa, sin tener nada mejor que hacer que disfrutar, y es que disfrutamos con poco. Bueno, si es que a esto se le puede llamar poco.









giverny dijo
Dices que tú no podrías vivir sin"mi vermú de grifo, sin mi Rastro madrileño, sin mis tapitas y sin disfrutar de esos domingos de tapeo sin prisa pero sin pausa" yo a veces también pienso cosas parecidas, pero también lo debieron pensar nuestros abuelos :-(
Hay que aprender de los errores para no volver a caer en ellos. Rojos= repúblicanos, este país siempre tan dado a poner etiquetas:-(
Besos
2 Abril 2008 | 06:16 PM