Es curioso como funciona la memoria. Recuerdo perfectamente el verano de hace diez años. En cambio, hay sucesos recientes en mi vida que apenas si han dejado huella en mi.
Diez años después soy capaz de cerrar los ojos y verme a mi misma en aquel entonces. De sentir lo que sentía. Me veo a mi misma con la misma nitidez que si estuviese mirándome frente a un espejo.
Fue el verano en que asesinaron a Miguel Angel Blanco. Fue aquel verano en el que ya vivía sola, independizada del hogar materno, y trabajaba en aquella horrible y alienante multinacional americana. Aquel trabajo que casi me quita la vida y me volvió el humor más negro y cínico, si cabe.
Por aquel entonces yo no estaba bien animicamente (¿cuando no es fiesta en casa de los pobres?). Tenía muchos problemas con mi pareja. Cansada de esperar que él tomase decisiones que no tomaba. Cansada de esperar que tuviese iniciativa y diese muestras de que nuestra relación tenía que dar un giro, empecé a plantearme cambios.
Estaba agotada mentalmente y, en mitad de esta vorágine sentimental, recuerdo aquellos días de julio pegada al televisor. Recuerdo la cara de aquel muchacho y me parecía increible, y aun me lo sigue pareciendo, que alguien le pusiese fecha de caducidad a su vida. Lo habían secuestrado un 10 de julio, y el sábado 12, apareció con dos tiros en la cabeza a las 16.50 de la tarde.
Lo recuerdo bien porque estuve todo el día tumbada en la cama, pegada al televisor. Y, mientras esperaba el desenlace, una frase me venía a la mente, una y otra vez: "A Santiago Nasar lo van a matar" "A Santiago Nasar lo van a matar".

No podía dejar de pensar en esa novela porque tenía la misma certeza lúgubre y oscura. A Miguel Angel Blanco lo van a matar. Como cuando leí "Crónica de una muerte anunciada". Me sentía igual. Desde que lees la primera página del libro sabes que a Santiago lo han matado, pero el libro te relata como lo van a matar, desde el mismo instante que se sabe. Y tú continúas leyendo el libro con una angustia horrible. Sabes que ya está muerto y, sin embargo, no dejas de pensar y pedir durante toda la novela que alguien haga algo, que alguien avise a Santiago de que lo buscan para matarlo. Y da igual, porque ya está muerto, porque no hay remedio. Porque a Santiago Nasar lo mataron en la primera página.

Y yo no dejaba de pensar en el paralelismo y me sentía igual. Sabía que a Miguel Angel Blanco lo iban a matar y daba igual que se rezara o que se pidiera, o que se hiciese lo indecible para buscarlo, porque Miguel Angel ya estaba muerto desde la primera hoja de la novela.

Y recuerdo que lloré de pena. No de rabia, de pena, cuando a Miguel Angel lo encontraron con aquellos tiros en la cabeza. Recuerdo que me pregunté quien habría tenido los cojones para apretar el gatillo y que se le habría pasado por la mente a aquel tarado. Recuerdo que me pregunté cuanto miedo habría pasado ese muchacho y volví a llorar. Lloré de pena y de impotencia. Reconozco que yo como político no habría tenido precio. No habría valido. Lo se. Yo habría acercado a los presos aquellos al país Vasco. Yo habría cedido a lo que me pidiesen con tal de salvar a aquel muchacho, porque ninguna ideología ni ninguna decisión política vale un mártir.

Yo habría cedido para que a Miguel Angel Blanco no le hubiesen matado en la primera página del libro, pero yo no soy político. Ahora me da asco cuando oigo a algún policastro aquello de: que ejemplar fue la familia, no nos han reprochado nada.

Yo soy madre y no quiero que mi hija sea moneda de cambio en algo parecido. Querría que salvasen a mi hija, costase lo que costase, porque cualquier vida vale más que una postura política. Yo si les reprocho que Miguel Angel ya estuviese muerto antes de terminar la novela.

Y ese mismo verano fue el de la muerte de Lady Di. Y esta noticia, de otra manera, también trastorno la vida social y rosa del mundo.El verano terminó inmerso en toda clase de noticias sobre el fallecimiento de la princesa y toda suerte de teorías conspiratorias sobre las causas de su muerte aquel 31 de agosto de 1997.

A mi siempre me dió pena esa mujer. Porque, a pesar de ser princesa y de llevar una vida de lujo, nunca pareció feliz, y es muy triste pasarse la vida siendo desgraciada.

Y ese fue el verano en el que decidí que me iba de vacaciones sola. Cansada de no poder hacer planes me dije que ya era hora de hacer algo por mi misma. De hacer algo que realmente había deseado siempre y sin contar con la decisión ni el apoyo de nadie.
Asi que, me compré un villete de avión de ida y vuelta para siete días a la ciudad de Londres.
Me hice la maleta y, tal cual, la última semana de septiembre me largué para aquella ciudad que siempre quise visitar. Llegué allí y, cuando lo hice, me di cuenta de que no tenía ni siquiera hotel, pero me dio igual.
Fueron los siete días más alucinantes de mi vida. Creo que jamás me he sentido más libre, más yo, más independiente, más anómima, y más en paz conmigo misma.

Era dueña de mi vida. Yo decidía a que hora comer, levantarme, pasear o a que ciudad ir. Yo decidía que tren tomar y donde hacer un alto en el camino.
Tan bien me sentía que estuve tentada de no volver, y me lo pensé, vaya que si me lo pensé. Vi lugares maravillosos -Dover, Canterbury, Salisbury, Ely, Oxford, Cambridge...
Recuerdo perfectamente el olor a especias cuando bajaba por las mañanas dirección al metro. Recuerdo perfectamente los jardines de Kensington, Oxford Street, Carnaby.Las flores para la princesa muerta en Buckingham Palace.Aun hoy, si cierro los ojos, soy capaz de pasear por sus calles y acordarme de cada detalle.
Por primera vez en mi vida yo tomé la decisión, yo fuí la que decidí, la que no tuvo que preguntar para consensuar. Yo llevaba las riendas y me gustó. Vaya que si me gustó.Por primera vez solo contaba conmigo misma.
Recuerdo ese verano como si fuese hoy mismo y tengo añoranza. Añoranza de volver a llevar las riendas, de poder decidir. Tengo añoranza de perderme en una ciudad y ser yo, para variar, pero yo, la de verdad, la que no disimula, la que escondo dentro de mi.
Cierro los ojos y puedo ver las calles y oler los aromas hindúes, porque Londres huele a la India y una canción resuena en mis oídos. Una canción que sonaba en todos los comercios por entonces, y que me acompañaba en los paseos. Una canción que, aún hoy, cuando la escucho, tiene el poder de retrotraerme a aquellos días y, por unos minutos, vuelvo a sentirme completamente libre.

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The Verve "Bitter Sweet symphony". Me compré allí el CD, y es como mi amuleto. La prueba de que, por una semana, yo fuí de verdad lo que me gustaría ser. Una ciudadana libre, anónima y perdida en una ciudad increible del mundo. Tomando capuchinos en Victoria Station, decidiendo en el último momento cual sería mi destino.