LA BANDA SONORA DE MI VIDA
Ayer leía la columna de Manuel Campo Vidal en ADN y me hizo pensar. Hablaba del Fary y de como este hombre fue el icono de una época y de una generación en nuestro país. Evidentemente no me sentí identificada, quizás porque, cuando el Fary estaba en su apogeo, yo aún era muy jovencita, pero me hizo recordar todas aquellas canciones o cantantes que marcaron mi vida y me di cuenta de que cada momento, cada etapa, cada experiencia tiene su banda sonora particular.
En mi vida han estado presentes el cine y la música desde que tengo recuerdo. Si echo la vista atrás e intento recordar mi más tierna infancia, recuerdo que era Elvis Presley el que envolvía mis sueños. Ya siendo muy niña soñaba con los ojos oscuros de aquel muchacho y tarareaba sus canciones.
Jugaba a imaginar que venía a rescatarme y me casaba con él. Es curioso como funciona la mente humana y como selecciona los recuerdos. Yo era muy niña y, si cierro los ojos, puedo ver a la perfección lo que estaba haciendo aquel día de agosto cuando en el telediario dijeron: Elvis ha muerto.
Crecí saboreando los viajes de verano en aquel SEAT 124 D especial, mientras escuchábamos a Supertramp, a Simon y Garfunkel, a Roberta Flack, y a Neil Diamond. Mi hermano, que debía de tener 4 añitos, tarareaba sus canciones de memoria. Sweet Carolina y la maravillosa Song sung Blue.
Mis mañanas de domingo saltan entre los recuerdos de mi madre de rodillas, fregando el suelo de la cocina, mientras cantaba canciones de Rafael Farina, Abba o Camilo Sesto. Luego llegó a casa la moda de la música clásica y Joan Baez y su Gracias a la vida. Barbara Streissand y los Bee Gees.
Mi paso de la niñez a descubrir que había algo más llegó con Greasse y John Travolta. Me aprendí sus canciones una a una.
Pero con los 15 llegó la transformación y mi banda sonora pasó de ser la de mis mayores para crearse la mía propia.
A mi vida llegaron Durán Durán y Spandau Ballet, y mi primer concierto. Y mis suspiros por Tony Hadley, que siempre me gustó más que Simón Le Bon. Llegaron las primeras discotecas y los primeros besos y, poniendo música a todo ello, Depeche Mode, Prince, y canciones inolvidables como Never never de The Assembly. Y llegaron Wham y George Michael y me volví loca.
Con los 16 llegaron las amigas del alma (porque a esa edad las amigas solo pueden ser así) y Radio Futura, Gabinete, su Camino Soria, y su Como un pez, que era mi canción porque así era como me sentía por entonces.
Llegaron los vinos dulces con panchitos, para desayunar a la hora del recreo. Y fue la época de la música de Miami Vice y la cabecera de Falcon Crest. Llegaron las pellas y las charlas increíbles en los bares de mi vida: El Katacrack, el Trastevere y el Kiova, donde siempre había tiempo para unas risas y un anís con hielo. Allí me enamoré de aquel chico de ojos negros como un pozo, y del Último de la fila, y hasta hoy. Y todas sus canciones fueron como un golpe al corazón.
Esta en especial me llega más que ninguna, porque por aquel entonces era verdad que las barras de bar eran vertederos de amor, y era verdad que allí fue donde enseñé mi trocito peor.
Y maduré un poquito y, en medio de esta madurez, llegaron las charlas con Felix (mi querido Felix, te mando un beso allá donde estés) y me hizo descubrir a Jackson Brown y a James Brown, y Woodstock, y a Dylan. El maravilloso Dylan, y a Clapton, pero sobre todo y por encima de todo a Dire Straits y la Guitarra de Mark Knopfler y me quedé enganchada de por vida a sus dedos y al sonido de esas cuerdas eléctricas.
Y empecé a adorar a Queen y a Bowie.
Luego llegó el tiempo de pensar y el que ahora es mi padrastro me enseñó a reír con la Mandrágora, me mostró a Pablo Milanés, y a Silvio Rodríguez. Me hizo redescubrir a Serrat, y alucinar con Ricardo Solfa. Y Sabina, mi Flaco, al que sigo fiel a pesar de los años y a su canción Calle Melancolía, porque no importe el tiempo que pase. Yo sigo sentada en la misma escalera, esperando ese tranvía.
Me volví más tranquila y me pasé las noches escuchando a Vángelis, a Enya, música celta, a Lorenna Mckenit, a Clannad. Revolví en el cajón del pasado y me hice adicta a Billie Holliday, a Don Mclean, a Kansas y su Dust in the Wind, mientras me curaba las heridas de aquel primer amor que aun coleaba.
Y me volví a enamorar y los viajes al mar tienen música de Franco Battiato, de Al Stewart y su Año del Gato, sabor a Manolo García, a Credence Clearwater Revival, a U2, a REM, a Cranberries. A los de siempre, porque volvimos a Dylan, porque Dylan es eterno, y ese Going Home de Knopfler que envuelve toda mi vida.
Y ahora, si hago balance de mi vida, me doy cuenta de que la conforman miles y miles de canciones distintas, de distintos estilos, con distintas voces, unas alegres, otras tristes, otras inquietantes, pero todas insustituibles.
Mi vida son un sin fin de canciones que perduran, perviven, en mi memoria y en mi corazón, por eso, cuando escucho alguna de ellas puedo cerrar los ojos y recordar con nitidez dónde, con quien estaba, y qué sentía en ese momento. Supongo que mi vida tiene una banda sonora increíble e insustituible.
SONG SUNG BLUE Neil Diamond
Never never, The Assembly. Esta canción es la leche
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J.Rumí dijo
Tengo tanto que aprender de ti... ya te dije que soy un inculto musicalmente hablando, o mejor dicho, musicalmente cantando. Por cierto, con un poco de retraso pero ya está el meme. No me hagas otra jugarreta igual más en la vida ¿eh? Jajaja. Un abrazo.
27 Junio 2007 | 05:54 PM